Kábala & Astrología

por Mario Satz

 

Aunque la Biblia suele ser peyorativa cuando no exageradamente crítica con la Astrología tal y como podemos leer en Daniel 1:20, optando por los intérpretes de sueños o los profetas como el personaje del libro homónimo, en cuyo texto figuran casi todas las menciones que las Escrituras hacen de los astrólogos, los cuales llevan el extraño nombre de jartom, jartumim, vocablo que, a su vez, procede de la raíz proa, junta, pico,(señalando, con ello, la connotación de cronistas y escribas que tenían los profesionales del cielo),lo cierto es que a partir de los siglos III o IV y en la Alejandría gnóstica los kabalistas hebreos que compilen o editen el Séfer Yetzirá o Libro de la formación, tal y como veremos, no pueden dejar de considerarla una vía de acceso al conocimiento simbólico o, cuanto menos, una de las grandes esferas de correspondencia entre el macro y el microcosmos. No hacerlo, en esa época, hubiese sido insistir en un provincianismo que los judíos, insertos en la ciudad-eje de la cultura helenística, no querían de ninguna manera asumir. Y, sin embargo, a pesar de ello, la postura de Daniel se mantendrá a lo largo de los siglos, pese a un Ibn Ezra o un Najmánides, al margen de las sugestivas menciones del reputado Maimónides a propósito de la salud y la Rueda de los Signos.


Ciertamente la Astrología tiene ese doble impacto sobre nuestro intelecto, y mucho más en los últimos siglos, desde el Renacimiento para acá, en los que el conocimiento empírico y el racionalismo han despejado el camino a los números exactos depositando el mapa emblemático y su entramado de relaciones y analogías-en medio del cual había vivido el hombre medieval-,en el trastero arqueológico de lo meramente imaginario. Si no hubiese sido porque un genio de la grandeza de Jung, en la década del treinta, y bajo la tutela nada sospechosa del físico Pauli, al demostrar su interés en la Astrología afianzó así su teoría de los arquetipos, probablemente ningún psicólogo serio le prestaría la atención que merece en tanto huella cosmobiológica de nuestras pautas culturales. Dicho esto, parece obvio que la Astrología resulta más interesante como modelo de conocimiento que como metro patrón, pues si por algún lado hace aguas es en su credibilidad matemático-predictiva. Hitler y Churchill tuvieron, durante la última gran guerra, sus astrólogos, y ninguno de ellos acertó más allá de la configuración de una burda imagen de lo que podía e iba a suceder, a pesar de lo cual sí es posible entender la mentalidad de uno y de otro a la luz de las tipologías astrológicas. Poco más.


La primera semejanza que podríamos hallar entre la Kábala y la Astrología nace del hecho de constatar que los treinta y dos senderos que fluyen y confluyen a lo largo y ancho del Arbol de la Vida, los cuatro mundos(de hecho los cuatro elementos clásicos)y los tres ejes verticales, constituyen un equivalente, en lo que al tablero de juego místico se refiere, de los doce signos, sus correspondencias ígneas o aéreas, las casas, las oposiciones y conjunciones. Incluso hay quien ve correspondencias entre los sefirots un esferas virtuales de poder y los planetas, pero como las escuelas y los kabalistas no se ponen de acuerdo acerca de cuál es el lugar exacto de Marte o de Júpiter en el esquema sefirótico, es mejor no surcar esos mares de dudosa turbulencia. Daremos, no obstante, el cuadro que menciona el Yetzirá en la versión del maestro Kaplan. En cuanto a la diferencia más notable, radica, a mi juicio, en que mientras la Kábala es y se esfuerza por ser transpersonal, la Astrología fascina precisamente por sus referencias a lo personal. Eso hace, desde luego, que también astrólogos y kabalistas difieran, y que, en la citada línea tradicional de Daniel, prefieren verse a sí mismos como intérpretes antes que como alzadores de cartas, o bien lectores de sueños y prodigios antes que como calculadores de eclipses y de tránsitos. La Kábala va hacia la anonimia y, en definitiva, hacia la libertad, incluso cuando se explica un suceso tras recurrir a un texto. Lo prefigura su tendencia, semítica después de todo, anicónica y cierto rechazo visceral al determinismo. La Astrología, por el contrario, no puede no ser mínimamente determinista e intentar, mediante su conocimiento, coordinar o intentar ajustar el destino del sujeto al diorama cósmico y estelar de un determinado momento de su vida.


En aquello que está ´´grabado´´ o jarut, en las Tablas de la Ley y según el Exodo 32:16, los maestros querrán leer jerut, la ´´libertad´´, pues ´´libre es-dice la Mischná-el hombre si trabaja para la Ley´´. Podríamos argumentar que también los estudiantes de Astrología buscan la libertad a través del conocimiento, pero la verdad es que, grosso modo, los personajes que uno encuentra por aquí y allí, en el mercadillo de la predicción, son lo menos libres y desprejuiciados que podamos suponer: viven del cuento y de cierto criptosimbolismo adecentado para amas de casa desocupadas y desaprensivos de escasa voluntad. En pocas palabras, la Astrología parece prestarse más fácilmente al engaño y a la falsificación precisamente por su tendencia a buscar soluciones íntimas y privadas al revés que la Kábala, que sumerge al estudiante en un océano o en un mar(la Torá)sin más requisitos que la atención y la devoción, y no le ofrece nada de valor hasta que su ego no esté lo bastante reblandecido como para poder iluminarlo a través. Incluso en la voz de un gran maestro como Jesús resuena el mismo inconformismo danielino, cuando nos dice que ´´ el shabat ha sido creado para el hombre y no el hombre para el shabat´´. Siendo el día sábado el consagrado a Saturno, Saturno-Cronos, Señor del Tiempo, al enfatizar el Nazareno un independencia de criterio no ritual, y por lo tanto la sustancia indeterminada de la realidad, alude indirectamente a que nada hay prefigurado para siempre, a que todo es, de hecho, una proyección del alma del creyente sobre el damero de sus actos. La Kábala, y no hay razón para dudar de que Jesús estuviera iniciado en sus misterios, se mueve siempre en pos de una libertad interpretativa e intertextual, incluso a riesgo de no coincidir con la verdad cósmica, incluso transgrediendo lo clásico. Dudo mucho que la Astrología aspire a transgredir nada. Antes bien desea ajustarse a las leyes del espacio exterior, a sus simetrías y resonancias, en lo cual hay mucho de loable y de noble, pero también de peligrosamente abstracto. La Astrología o itztagninut tiene la misma raíz que utztab, aquello que está hecho de cajones, anaqueles, estrados, repisas, es decir lo que es jerárquico por naturaleza propia y aquello que se ajusta a un marco. Por el contrario, me parece que lo que la Kábala ansía es salirse del cuadro, ver los márgenes aún no determinados de la realidad. Desde luego que no será así ni del todo a partir de la composición del Yetzirá, pero desde luego sí para el Bahir y el Zohar, textos posteriores.


Cuando, paso a paso, consideramos el concepto de signo astrológico o mazal , y calculamos su valor numérico, que totaliza 77, es decir 14, cuyo equivalente verbal es la palabra mano, descubrimos-dado que mazal significa también fortuna, fortuna a secas-que cada uno de nosotros tiene su suerte en las manos, y que la hace buena o mala según sepa aprovechar sus circunstancias vitales. A su vez, la cifra 77 puede leerse directamente como oz, vocablo que tiene ese valor y significa poder, escudo, protección; de donde, conocer el signo de cada quien, vislumbrar sus características y sus límites, puede concedernos la facultad de protegernos de sus propias debilidades a la par que potenciar sus secretas virtudes. Puesto que también puedo convertir ese 77 en la expresión halel bi, el salmo en mi, la loa, la alabanza en mi, parece obvio que mi suerte contiene, en cada instante de mi vida, la ocasión de una música, la configuración secreta de una melodía, poco importa si triste o alegre, ya que siempre habrá un hel o aura de revelaciones sobre mi corazón, libi. Tal es mi poder y fortuna más allá de todo determinismo astral, pues, como escribió San Juan de la Cruz en su prisión de Toledo, ´´sin otra luz ni guía sino la que en el corazón ardía´´.


También el Corán(Sura XLI-37)nos indica:´´No os prosternéis ante el sol o la luz. Inclináos ante Alláh, que los creó´´, señalando que lo invisible consciente es más poderoso que lo visible inconsciente, entendiendo esto último como la naturaleza discernible por nuestros sentidos exteriores. Lo cual no impidió, en el seno del Islam, la existencia de astrólogos y maestros de predicción hasta el día de la fecha. Se trata, obviamente, en la citada frase , de un llamado a la libertad individual y mística por encima de la configuración astral de cada momento histórico. Una exhortación a la responsabilidad del sujeto frente al mundo objetivo de los astros que, si bien lo influyen, modelan y cuajan, no lo coercionan del todo ni lo limitan en la acción. Mahoma limpió la Ka’aba de la Meca de lo que, sospechaba, eran ídolos a las estrellas y los duendes, pero la misma piedra metéorica inscrita en ese monumento, con el correr de los siglos, acabó por convertirse en el cubo de la rueda terrestre cuyo par celeste tiene por cubo a la Estrella Polar. Así es como no podemos, nunca, nunca, alejarnos demasiado de las leyes estructurales del cielo. Por otra parte, mientras más de la mitad de la nomenclatura de nuestras estrellas lleva nombre árabe, los sufíes o místicos del Islam cantan a la libertad absoluta del universo humano en el núcleo de su propio corazón. Del juego entre lo libre y lo determinado depende nuestra salud, tal y como lo han visto siempre los filósofos taoístas. Cuando los kabalistas se dedican a estudiar, según el Yetzirá, la rueda zodiacal o galgal ha-mazalot, no pueden separarla de las doce tribus, las fuerzas complementarias u opuestas del universo, y la idea de que todo, cada partícula de lo real perceptible, es una chispa solar del fuego divino.


Veamos ahora detenidamente el diagrama que El libro de la formación establece a la manera astrológica para ver hasta qué punto es un esquema de trabajo espiritual que puede sernos útil. En el centro, pues, el Tetragrama o Nombre Supremo de Dios asimilado al Sol o shemesh. Partiendo de ese centro que es, por otra parte, el de nuestro sistema planetario, vemos en el círculo más íntimo los signos del zodíaco: de Aries a Piscis; inmediatamente después, los meses del año, que en el calendario hebreo son lunares, a pesar de lo cual se cuentan por doce. Después tenemos las tribus y sus nombres; luego las virtudes o polaridades-amor/odio, amistad/enemistad,etc-, y, por último, en el círculo más externo, todas las posibles permutaciones del Nombre Inefable, lo que nos señala que el Creador está tanto fuera como dentro de nosotros mismos; en el centro y en la periferia. De este modo, siguiendo la cosmogénesis, el Sol engendra o da realidad primero al zodíaco, luego a los meses que se corresponden con sus signos, más tarde a la tribu que cada signo tutela; después a una tendencia o un emergente caracterológico y, por fin, deposita, candente ceniza de maravillas, una pequeña huella de Si-Mismo en nuestro camino, es decir en la parte de la rueda que toca, como los pies, el suelo que pisamos. Para que, ante ella, frente al hallazgo y el milagro de sabernos inscritos en un universo prodigioso, comencemos a buscar la correspondencia de la parte con el todo. Entonces¿qué deberé conocer primero si aspiro llegar al centro de mi mismo, que no es otro que el Creador creándome, el Dador de Vida dándome su resplandor viviente en cada célula y átomo, en cada partícula y latido? Obviamente el mundo emocional. Las relaciones que tengo con los demás y conmigo mismo; tal es el espacio psicológico por antonomasia o lo que podríamos llamar el primer nivel de determinación kármica: los padres, los amigos y enemigos; la pareja, los hijos, los ancestros, y las vocaciones. Después, en el segundo nivel de determinación kármica o el tercer círculo de fuera hacia adentro, tal y como diría Jung, deberé conocer mi inconsciente colectivo cultural, es decir la matriz tribal de la que procedo: los cristianos de los Evangelios, los Judíos de la Torá; los budistas del Tripitaka; los musulmanes del Corán, pues en términos espirituales ´´nuestra tribu´´no es otra cosa que la familia simbólica de la que descendemos, su tesoro verbal y anímico, por cuya ventana veré mejor el mundo de los valores cósmicos que si me esfuerzo por mirar desde una perspectiva ajena. Tras esa asimilación vendrán el mes que considero propicio y luego, por fin, muy cerca de Dios pero también del Sol, los signos del zodíaco.


De este modo tan sugerente el Yetzirá considera que para acercanos a lo divino es preciso antes hallar un vestigio de él en nuestro camino. Como decían en su época los alquimistas: ´´Para hacer oro hay que tener un gramo de oro´´. Y, tal como puede verse, el dibujo y texto de la Kábala pone muy alto el listón de la Astrología, aunque lo hace de manera transpersonal, ya que en el círculo que más cerca está de la solar luz central, los nombres propios parecen evaporarse ante lo que indican Tauro o Virgo, Acuario o Géminis. La Astrología es, en verdad, un espejo asombroso para quienes se saben mirar en él, pero también puede ser el pienso de peor calidad para quienes renuncien a investigar y reflexionar por si mismos más allá de la tabla de las efemérides, la fantástica zoología china de Año del Mono o del Caballo, la Balanza de Libra o la Flecha de Sagitario. Decididamente la Kábala no nos permite esa superficialidad, no porque sea mejor o más profunda. Sencillamente no se presta, en su manantial más hondo, al mismo comercio y vulgarización. Dicen los sabios hebreos:´´¿Con qué pueden compararse las palabras de la Ley? Las palabras de la Ley pueden compararse al fuego. Como el fuego, vienen del cielo, y como el fuego son perdurables. Si un hombre se acerca mucho a ellas se quema, y si se aleja se hiela. Si son instrumento para su trabajo, salvan al hombre. Si se sirve de ellas para arruinar a otros, lo destruyen y pierden. El fuego deja la marca en todos los que lo usan. Eso mismo hace la Ley. Cada ser humano dedicado al estudio de la Enseñanza lleva impreso el sello de fuego en sus hechos y en sus palabras.´´ Resulta casi innecesario agregar que quien se dedica a la Astrología para servir a los demás y ayudarse a sí mismo se halla en idéntico contexto, mientras que aquellos que, desprestigiándose la desprestigian y afean, acaban, ya se sabe, encerrados en el hielo de su sideral distancia, aislados en su vanidad de vanidades y cazados por su propia red.


Mario Satz

Volver