LOS COLORES Y LA KABALA
Por Mario Satz


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1) San Juan de la Cruz, el mito del ave fénix, el valor de la sangre y la kábala

Al comentar el verso 17 de su Cántico anota San Juan de la Cruz lo siguiente:"...que se está el alma abrasando en fuego y llama de amor, tanto, que parece consumirse en aquella llama, y la hace salir fuera de sí y renovar toda y pasar a nueva manera de ser, así como el ave fénix, que se quema y renace de nuevo."(1) Es ésa la única vez en toda su obra en la que aparece la figura del ave mítica. Comparándola a las labores del alma, a su metanoia mística y, muy especialmente, a su familiaridad con el fuego,el poeta nos revela la metamorfosis que esa figura simbólica había alcanzado en las mentes del Renacimiento. Para la época que en San Juan de la Cruz escribe, siglo XVI, ya los bestiarios medievales habían asimilado la figura de Jesús a la del fénix. En el Physiologus griego (2) leemos:" Pues el fénix asume la figura de Nuestro Señor,cuando, al bajar de los cielos, trajo consigo ambas alas llenas de olores agradables, las excelentes palabras celestiales, de modo que cuando extendemos las manos en plegaria, nos vemos llenos del agradable perfume de su misericordia". La versión siríaca incluida en el citado documento todavía agrega: "Cada fénix es único; vive para él solo, y no está comprometido por esponsales. Viaja a la tierra de Egipto cada quinientos años, y lo ve el sacerdote a mucha altura sobre el ara, mientras llega de Oriente. Y cuando llega trae bajo las alas canela perfumada y otras especies; recoge madera, la amontona sobre el ara, se tumba de espaldas sobre la leña ardiente, y resulta quemado del todo y convertido en cenizas. Y de las cenizas sale un gusano, que crece hasta convertirse en un pajarillo, y al que le salen alas; al tercer día recupera su aspecto físico íntegro, y se transforma en un fénix completo y perfecto, como lo era antes. Entonces se pone en camino y vuela hacia la India, donde vivía antes."

La introyección que el poeta castellano lleva a cabo es sintomática de una mors iniciatica insoslayable por la que pasan todos aquellos que, como los mistes en la tradición eleusina, quieren ver en su propio corazón el espectáculo de la creación y extinción de los mundos. La prueba de fuego, para el ámbito cristiano, ya la había señalado San Pablo en 1 Corintios 3:13: "Y la obra de cada uno cuál sea, el fuego la probará". Ese ignis probabit, de larga data en la Orden del Carmelo, se remite al profeta Elías-su santo patrón-y también, a nuestro juicio, al mundo secreto de la Kábala, en cuyo seno las metáforas ígneas son constantes y responde a etimologías tan precisas como alucinantes. Si acudimos a una período tan distante del nuestro como es el del judaísmo talmúdico, hallamos este sorprendente pasaje en el que se explica: "¿Con qué pueden compararse las palabras de la Ley (Torá)? Las palabras de la Ley pueden compararse al fuego. Como el fuego vienen del cielo y como el fuego son perdurables. Si un hombre se acerca mucho a ellas se quema, y si se aleja se hiela. Si son instrumento para su trabajo, salvan al hombre. Si se sirve de ellas como medio de ruina, lo pierden. El fuego deja la marca en todos los que lo usan. Eso mismo hace la Ley. Cada hombre dedicado al estudio lleva impreso el sello de su fuego en sus hechos y palabras". (Sifre Deut. Berakah, 343) (3) Un fuego que no es el heraclitiano que arde, enciende y apaga las estrellas en las profundidades del cosmos tanto como el intracelular, la marca fosfórica de los artesanos del alma, entre quienes sin duda San Juan de la Cruz se cuenta como uno de los mayores. Y como ocurre que el fuego iguala, en su ardor, todas las cosas, estamos ante una constante imaginaria cuya raíz, por qué no, habría que buscarla en la fisiología del sistema circulatorio humano o, más aún, en el corazón que la hace posible. San Pablo, San Juan de la Cruz y los kabalistas proceden todos el mismo fuego, el eshdat o Ley de Fuego que aparece en el Antiguo Testamento.

La Kábala, tradición oral que complementa a la escrita y que es, entre otras cosas, un arte de escrutar los entresijos de la Escritura, la Kábala comenta en sus escasos pero valiosos textos lo que ese corazón, eje purpúreo de las corrientes sanguíneas, significa en el seno de Israel, y lo hace de tal modo que nos es posible inferir una conexión misteriosa entre la actividad poético espiritual del santo de Fontiveros, la sangre, la palmera y el simbolismo de la muerte y resurrección en el ara de nuestra propia conciencia. "Todas esas santas formas –consigna el Bahir o Libro de claridad, texto provenzal del siglo XII– han sido ofrecidas a las naciones, pero el Santo, bendito sea, se ha reservado para sí el cuerpo del árbol así como su corazón. Del mismo modo que el corazón constituye el más espléndido fruto del cuerpo, así ha tomado Israel el fruto del árbol esplendor. Así como la palmera está rodeada de ramas y en su centro está el lulab, así ha hecho Israel con el cuerpo de ese árbol que es su corazón. La palmera simboliza la columna vertebral del hombre, su pilar esencial. Siendo así que la palabra lulab contiene las letras lámed-bet más el prefijo que denota pronombre posesivo de tercera persona, lo, hay que ofrecerle al Creador el corazón, lo-leb. ¿Y qué significan las consonantes lámed y bet? Aluden a los treinta y dos senderos de la Sabiduría delicadamente ocultos, que confluyen hacia el corazón y cada uno de los cuales está regido por una forma especial, de las cuales se dice en el Génesis 3:24: "Para guardar el camino del Arbol de la Vida".

Si el mencionado árbol no es la palmera ¿cuál es? Mejor dicho, si el Arbol de la Vida supera la muerte que supone comer del otro, el del Bien y del Mal, fénix y palmera deben estar relacionados en el gran tapiz mítico que nos legó el Mediterráneo. Relacionados, cuando menos, como dos hebras que se tocan por detrás de la trama, en la oscuridad del inconsciente colectivo, allí donde las etimologías cesan por un momento de ser engañosas para convertirse en huellas claras de un saber más antiguo. El poeta Ovidio cuenta en sus Metamorfosis (15, 392-410), que "el fénix, cuando ve que los quinientos años están a punto de cumplirse, hace su nido en las ramas de una palmera (in ramis tremulaeue cacumine palmae)." El pasaje da cuenta de una semejanza, de una homofonía singular: foinix que significa rama de palmera, palmón, al mismo tiempo alude al color rojo purpúreo o escarlata. El vocablo griego foiníos (emparentado con el anterior)indica un color rojo sangre, de donde volvemos a la fenomenología cordial antes mencionada. Los juegos de aliteración que realiza el Libro de la claridad responden, creemos, a dos verdades indiscutibles: la primera de ellas nos recuerda que la Torá o Ley hebrea comienza con la bet del principio del Génesis, bereshit, y acaba en el libro del Deuteronomio con la lámed de la palabra Israel. La segunda, que las consonantes lámed-bet articulan, juntas, la palabra corazón, leb. Y es por ello, para justificar una coherencia secreta que el mencionado texto kabalístico volverá una y otra vez sobre ambas letras hasta convertir al palmón sagrado, (lulab ), en un don ofrecido al Creador, (lo leb).

No es necesario que el poeta San Juan Cruz conociese tales precedentes míticos y literarios para que explicase, en el comentario a su poesía, los trasportes, cambios de color y temperatura por los que pasa el alma dedicada a la meditación crística, pero ciertamente nosotros no podemos ignorarlos tras los relevamientos arqueológicos realizados por la historia comparada de las religiones, la fenomenología poética estudiada por Gastón Bachelard y, sobre todo, los trabajos de la escuela de psicología de las profundidades de C.G.Jung. Sin embargo, la Kábala no constituye propiamente una mitología en el sentido lato de la palabra; antes bien se plantea como una exégesis de la palabra escrita a la que la palabra oral modifica según sean las necesidades de la época, por lo que, más que un sistema cerrado –cosa que, en el fondo,es toda mitología– constituye un arte de la fuga por medio del cual el kabalista escapa mediante nuevas y sucesivas sinapsis creadoras del determinismo establecido por las distancias existentes entre sus neuronas. Conocemos las bases del código genético, pero no el azaroso rumbo de sus miles de millares de combinaciones. De la misma manera, sabemos cuantos signos tiene la Torá, de qué libros se compone e, incluso, desde hace apenas un siglo, hasta qué punto es tributaria de distintas corrientes o estilos, la elohísta y la yahavista. Pero eso nada agrega ni sustrae al sentimiento poético por medio del cual ave fénix, alma humana, rama de palmera y lenguaje sagrado nos transportan al delta interior de la sangre, por cuyos laberínticos glóbulos fluye aún la imagen inmortal del fuego.

"El fénix es doblemente solar –anota Marcel Detienne (4). En primer lugar por los colores de su plumaje: unas (plumas) son de color dorado y otras de rojo vivo. En el vocabulario griego de los colores foinix indica al rojo púrpura, un púrpura que aparentemente tiende hacia el oro y significa el brillo luminoso más intenso. Pero las afinidades del fénix con el sol también se leen a través del espacio que habita este ave. El fénix no abandona la tierra de los árabes más que para ir al santuario de Helios, o al Altar del Sol. Esta solidaridad con el fuego del sol adquirirá en toda una tradición dos formas alternativas, que se corresponden a dos ciclos, uno diario y otro anual. En el primero de ellos, el fénix está íntimamente asociado al recorrido del sol, a quien escolta todas las mañanas, haciendo como de una pantalla móvil que evita a la tierra las quemaduras que podría infligirle el astro. En el segundo, el fénix se halla sometido al ritmo del año sotíaco, este ciclo egipcio de 1.461, reducido a 500 en la tradición grecoromana, y definido por la concomitancia entre el horto helíaco de Sirio (Sothis) y la aparición del sol, coincidiendo con el comienzo de la crecida del Nilo".

El Séfer yetzirá o Libro de la formación, documento kabalístico aún hoy en uso en la mayor parte de los círculos de estudio del tema y que data de los siglos III o IV de nuestra era, se insinúa que el Tetragrama y el sol, en hebreo shemesh tienen el mismo origen. (5) Y que los signos del zodíaco, los meses, las tribus de Israel y –en la periferia– otra vez las chispas o letras del Nombre Inefable en distintas aliteraciones, constituyen esas formas del mundo a las que aludirá, muchos siglos después y en la Provenza francesa, el Bahir o Libro de la claridad. Pero incluso si no fuera así,si tal asimilación fuera pura metáfora, no podemos negar que todos los fuegos del universo, los internos –volcánicos, nucleares y fosfóricos–, y los externos –estelares– tienen un mismo linaje. Para los alquimistas medievales y los poetas místicos del Renacimiento, el fuego era el inevitable rito de paso a través del cual el alma del operador o artifex cambiaba de estado, pasando de lo que San Pablo denominaba –con genial perspicacia– alma viviente, a un nivel superior llamado espíritu vivificante. En términos sanjuaninos eso es "amada (el alma) en Amado (espíritu) transformada". Tal tránsito, sutil, continuo entre la parte y el todo, la criatura y su Creador, cada individuo en el seno de cada especie y cada especie en el diorama íntegro de la Creación, es percibido como un latido amplificado que los kabalistas sienten transcurrir entre las operaciones descendentes del orden aparente de las Escrituras señalizado por las consonantes lámed-bet, que juntas dan lugar a bal, voz que en hebreo significa no, nada, negación, y las operaciones ascendentes del orden secreto de la Torá, que están contenidas en el revés de bal, es decir en el leb o corazón. De manera tal que los rollos de la Ley se mueven entre sus polos inicial y terminal como el corazón entre sus latidos, para renovar el oxígeno de la sangre a la vez que los sentidos circulares del texto; de modo semejante a como el alma , tras el fuego de la combustión que el mero acto respiratorio supone, tiene, cual fénix, su "fin en su comienzo y su comienzo en su fin" (Yetzirá, Capítulo 3, párrafo primero).

Pues bien: San Juan de la Cruz asimila de tal manera su alma a los movimientos místicos del fénix, que imprime a su lenguaje poético el vaivén de las llamaradas, el oscilar del Espíritu Santo, que-como sabemos-habla por sus "lenguas de fuego" (Hechos de los apóstoles, 2:1). Como discípulo que es de la Orden del Carmelo, tendrá siempre presente la escena paradigmática de 1 Reyes (18:24) en la que leemos: "Invocad luego vosotros (dice Elías) el nombre de vuestros dioses, y yo invocaré el nombre de Jehová, y el Dios que respondiere por medio del fuego, ése sea Dios". El sintagma original que traducimos por "en medio del fuego" es en hebreo ba-esh, palabra que también puede leerse como un venir en el futuro, un llegar a ser, ba, a través del fuego o esh, cuyo retorno eterno puede leerse incluso en la voz shab, incluida en el citado sintagma. Si además de ello sé que la letra alef, a la que ese retorno se lleva a cabo, simboliza a Dios, siendo, a su vez, hipóstasis de su infinitud, habré llegado a la misma conclusión que la que el mito del fénix postula. El fuego del principio es idéntico al fuego del final, pero mi pasaje, mi metamorfosis a través de él no lo es.

¿Acaso no puede decirse de la sangre que nos recorre día y noche que es la misma y también distinta cada vez, y que en el movimiento oscilatorio armónico establecido entre su cauce arterial y su cauce venoso está contenido todo el misterio aléfico de la identidad y la semejanza entre la criatura y su Creador? La Kábala ve en la sangre, dam, más de la mitad del nombre de Adám, el primer hombre, el hombre arquetípico, pero también percibe el alto silencio, dom, que en su fluír arrastra la luz de la creación del mundo. Un silencio que condice bien con el pájaro solitario de San Juan de la Cruz, cuyas condiciones meditativas son cinco. A saber: "la primera, que ordinariamente se pone en lo más alto; y así el espíritu en este paso se pone en altísima contemplación. La segunda, que tiene siempre vuelto el pico hacia donde viene el aire; y así el espíritu vuelve aquí el pico de el afecto hacia donde le viene el espíritu de amor, que es Dios. La tercera es que ordinariamente está solo, y no consiente otra ave alguna junto a sí, sino que, en sentándose junto alguna, luego se va; y así el espíritu en esta contemplación está en soledad de todas las cosas, desnudo de todas ellas, ni consiente en sí otra cosa que soledad en Dios. La cuarta propiedad es que canta muy suavemente, y lo mismo hace a Dios el espíritu a este tiempo, porque las alabanzas que hace a Dios son de suavísimo amor, sabrosísimas para sí y preciosísimas para Dios. La quinta es que no es de algún determinado color, y así es el espíritu perfecto, que no sólo en este exceso no tiene algún color de afecto sensual y amor propio, mas ni aun particular consideración en lo superior ni inferior, ni podrá decir de ello modo ni manera, porque es abismo de noticia de Dios la que le posee, según se ha dicho." (Cántico, 13-14,24).

La soledad del pájaro solitario es algo que conocen muy bien los kabalistas, porque al margen del trabajo de las zugot o parejas, cada estudiante está sólo frente al tablero mágico de la Torá, en la que los meandros de los treinta y dos senderos de la sabiduría acabarán, algún día, por refluír hacia su corazón. Por otra parte, el hecho de que el pájaro no posea un determinado color, y que nos lo hace imaginar transparente, aludiría al instante en que el fuego que consume al fénix determina al mismo tiempo su recreación. En cuanto al abismo ¡quién que no lo haya experimentado puede hablar de él, y quién que lo haya sentido confiará ya en las palabras que expliquen sus aventuras en tales profundidades! La Kábala –sostenía el profesor G. Scholem– es una mística del lenguaje, y por lo mismo, me atrevería a decir, una poética. Pero no es una poética preceptiva, a la manera de la de Aristóteles, sino que es un ars combinatoria cuyo fin último es despertar la mente del combinador a situaciones vitales inéditas tal como el ajedrecista que, en el despliegue continuo y constante de su habilidad para el juego, desarrolla el sentido de la previsión.

San Juan de la Cruz labró para nuestra lengua, el castellano, pocas pero exquisitas metáforas. Frases cuya sugestión continúa aún ejerciéndose sobre nosotros, lectores del siglo XX. Su obra, como la de los kabalistas, nada sería sin la existencia previa de la Biblia y sobre todo sin la existencia de ese prodigio de síntesis y sutileza ontológica que constituye el hebreo clásico, lengua llamada, hasta hace menos de un siglo, sfat malajim, el habla de los ángeles, el idioma en el que debió haber hablado Adám cuando nombró con alegría todas las maravillas del mundo que le rodeaba.

Me atrevería a afirmar, incluso, que el mito de la muerte y resurrección del ave fénix, paralelo al del hebreo, nos concierne hoy y aquí, porque después de quinientos años los judíos vuelven a hablar esa lengua entre nosotros, resucitando en la tierra uno de los vastos proyectos del cielo de la sociología: el retorno de los hijos de Israel a su solar natal, a sus fuentes, veneros, montañas y árboles. Como el ave fénix, Israel es y no es quien era, pero siempre será lo que fue –un puente entre naciones, un corazón entre los pueblos al decir del Yetzirá y del poeta Yehuda Haleví– del mismo modo que San Juan de la Cruz reciclará una y otra vez para su Orden religiosa, pero también para nosotros, el más antiguo periplo del Ser, el más entrañable de los viajes. El camino que, por el alma individual, nos lleva al alma del universo. Cuando uno se hace viajero de ese viaje, escribe el santo poeta: "El alma se ve hecha como un inmenso fuego de amor, que nace de aquel punto encendido del corazón del espíritu". (Llama de amor viva, 3,21).

2) Los colores de los hábitos de Jesús según la Kábala

Cuando en los primeros siglos del cristianismo la creencia se desplaza de lo oral a lo visual, gradualmente desaparecen las significaciones ocultas de algunas escenas evangélicas pálidamente reflejadas más tarde en la iconografía religiosa. Sabemos que la mayor parte del tiempo Jesús vestía, como los esenios y los terapeutas en Egipto, de blanco. También es posible que lo hicieran sus discípulos, pues ése era el color que vestían los hebreos durante las fiestas solemnes y qué más fiesta que coexistir, en el espacio y el tiempo, con quien desempeñaba, para muchos, el rol de Mesías. Por encima de ese hábito cándido, la pintura occidental dibuja un manto rojo. De modo que dos son los colores fundamentales atribuidos al ropaje del maestro: el blanco por debajo y el rojo por encima, la luz adentro y la carne fuera. Con el tiempo y no sabemos por qué, la iconografía suplantará el blanco por el azul, conservando el rojo. Pero la continuidad simbólica entre el azul y el blanco se explica por aludir al cielo, a lo celeste. Las vestimentas del Papa prueban hoy aquella antigua verdad cromática.

La Transfiguración del Tabor, esa epifanía luminosa que se resume en un blanco solar, en una helioización del Hijo del Hombre, revela y nos revela que también es posible para nosotros acceder a la comprensión del citado fenómeno a través de la gnosis que propone la Kábala. La cual cosa no significa igualarnos a Jesús pero sí entrever, en la llamada experiencia tabórica la luz transformadora del rojo carnal en blanco espiritual, el camino de alquimia interior. Para ello la Kábala emplea varios métodos de indagación cuyo alcance es profundo y revelador. Así, y en este caso particular, cuenta los valores numéricos de la palabra hebrea rojo –retornando de la imagen al sonido– y los valores numéricos de la palabra blanco y una vez hallada su diferencia constata, milagro espiritual, que en esa misma diferencia subyace el método de aproximación de lo humano a lo divino. Ver para creer: pocas veces resulta tan evidente para el estudiante de Kábala aquella verdad de los sabios orientales expertos en mantras, cuando dicen que es el sonido el que determina la imagen y no al revés, pues el verbo precede siempre a la experiencia visionaria, de donde volvemos a la admonición que cierra el pasaje evangélico relativo al Tabor y la Transfiguración de Jesús: Dios quiere no quiere que lo miremos únicamente, ya que ansía, sobre todas las cosas, que lo escuchemos.

A través de sus treinta y dos senderos de sabiduría, que parten de y vuelven al corazón, la Kábala resulta así el auténtico yoga de Occidente. El método más asequible y riguroso para entender las grandes obras de nuestros místicos y pensadores religiosos; de los Padres del Desierto a San Juan de la Cruz, y de Santa Teresa a Unamuno en su Cristo de Velázquez.

Tales senderos, como los de la astrología, apenas si son un mapa bajo el pie selector del discípulo. Sólo lo cósmico está determinado y, aún así, existe el libre albedrío, la interpretación, el factor decisivo de la voluntad iluminada por el conocimiento. Así como la astrología llama Zodíaco o Rueda de la Vida al conjunto de signos que la explican y expresan, los kabalistas llaman Arbol de la Vida al conjunto de las reglas, números y combinaciones que conducen a su vera. Ejercicios que transforman el rojo en blanco y comunican lo eterno con el tiempo, aquello que permanece con aquello que pasa.

REFERENCIAS:
(1) Vida y obras de San Juan de la Cruz,BAC, Madrid 1978.
(2) Bestiario medieval, Siruela, Madrid 1986.
(3) Angel María Garibay K.:Sabiduría de Israel, Porrúa, México 1976.
(4) Marcel Detienne:Los jardines de Adonis,Akal, Madrid 1983.
(5) Séfer yetzirá, Jerusalén, 1979



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